martes, 6 de noviembre de 2012

A propósito de Un perro yonqui y otras mentiras leves


Para nadie es un misterio, que en la última década se ha desarrollado una proliferación de publicaciones en el medio, que quizás nunca antes haya existido en tal magnitud. Esto debido a una serie de editoriales independientes, que junto  al abaratamiento de los servicios de imprenta, han sido las responsables directas de dicho fenómeno. Lo curioso del asunto, es que debido a dicha proliferación, cada vez es mucho más difícil poder separar la paja del trigo. Tan difícil como empezar un libro bajo la certeza de que será una buena lectura o una lectura pérdida. Dicha ambigüedad, que muchas veces se queda en ambigüedad olvidada en anaqueles, es el punto de partida de todo libro publicado, sobre todo si se trata del primer libro publicado de un autor joven.
            Es precisamente dicha ambigüedad, en la que uno se encuentra al terminar el primer libro de Armando Alzamora: Un perro yonqui y otras mentiras leves.  Un libro breve de relatos, que en su gran mayoría se tratan de relatos muy breves, casi al punto de ser minimalistas. Un libro extraño, no por el sentido mismo de extrañeza, sino porque es un libro que no termina de gustar, pero que tampoco termina de desagradarte del todo. Y que quizás, dicha extrañeza se deba a un par de características del libro, que espero poder desarrollar de la manera más sencilla posible.
            El primer aspecto que llama la atención de los  relatos de Alzamora, es el manejo del lenguaje. El autor hace gala del uso pulcro del lenguaje, que suele ser el principal déficits de toda primera publicación, pero que en su caso termina siendo una característica propia del libro, quizás la principal, lo que puede convertirse en algo beneficioso o perjudicial, según venga el caso. Sin embargo los relatos adolecen de algo igual de importante que el uso adecuado del lenguaje, que es la iniciativa por querer contar una historia. Lamentablemente en el libro de Alzamora, muchos de sus relatos parecieran caer en un minimalismo absoluto, en donde la prontitud pareciera  cobrar más importancia, que el desarrollo de las historias. Y no hablo solo de la ausencia de sorpresa en los relatos (algo que no es indispensable), sino de que el desarrollo de los mismos decaen, dejando muchas veces la historia en el vacío o repitiendo finales como es el caso de dos cuentos.
            El primer cuento: Un perro yonqui  probablemente sea uno de los cuentos mejor logrados a nivel de estructura. El relato gira en torno de Maty, perro del narrador que sufre de un grave desorden de “personalidad” a causa de su adicción a sustancias tóxicas, como es el caso de detergentes, lejías y saca grasa  a los cuales Maty busca desesperadamente. Lo destacable de la narración, no es solo  que Maty pasa a ser una metáfora del caos, del conflicto, de la tristeza que suele embargar a una familia, en la que alguno de sus miembros sufre de alguna clase de adicción, sino el hecho que de pronto, el narrador pareciera sufrir, de lo que algunos psicoanalistas han denominado como; el síndrome de Walt Disney, que no es otra cosa que la humanización de los animales.
Luego del incidente con el detergente, encerré a Maty en un cuarto vacío de la casa durante horas. Lo escuchaba llorar desde el pasillo, pero estaba decidido a desaparecer todo tipo de sustancia perjudicial para mi perro… cuatro días después, un vecino me contó que Maty había irrumpido en su casa;  lo encontró en la lavandería… cuando lo encontré había tumbado el pote de lejía al piso y estaba revolcándose, como en trance. (p. 19-20)
            Un cuento bien estructurado, pese  al final predecible, pero no por ello deja de ser contundente por la construcción de Maty, a través de la agonía del narrador quien ve imposibilitados todos sus intentos por recuperar a su perro de su adicción.
            El cuento Turbación, desde mi humilde punto de vista, es el relato mejor logrado. No solo porque funciona, al igual que el primer relato, a nivel de estructura, sino porque a diferencia de Un perro yonqui, logra llevar al lector hacía un final que aparentemente es predecible, solo para luego dar ese giro conmovedor que  solamente la locura es capaz de dar. Un relato muy cortazareano, si queremos categorizarlo de alguna forma. Y en donde la locura aparente del narrador, coquetea constantemente con una especie de doble, que solo a través de la turbación del personaje, cobra sentido en las últimas líneas del relato.
            Los relatos: La mujer en la ventana, Vida y muerte del poeta, y Fábula  probablemente sean los relatos más flojos del libro, al punto de que el minimalismo en aquellos tres cuentos, termina jugándole mal, porque si bien Alzamora pretende darles ese final certero y preciso de los relatos breves, estos no terminan por llegar a convencer, al punto de que el narrador de los tres relatos, bien podría tratarse del mismo, sin llegar a diferenciar al narrador que camina por el centro de Lima (La mujer en la ventana) del narrador que se encuentra bebiendo en una reunión con un conocido de la infancia (Fábula).
            Aquello se convierte en algo perceptible en cuentos como: Hay un fantasma y El tiempo invisible  en donde pese a que son dos narraciones totalmente distintas; tanto en extensión, como en tema terminan concluyendo no solo bajo el mismo signo derrotista, sino de maneras muy similar el uno del otro:
«Fantasma – digo a veces -, si puedes escuchar estas palabras, recuerda que el tiempo no es el tiempo, es solo luz difusa».
Los años pasan; la casa languidece. Si alguien viniera de pronto y me observara aquí, tendido en el sofá, fumando a oscuras estos cigarrillos grises, pensaría con certeza que el fantasma soy yo. (p44)

No tuvo el valor de acercarse para darles las condolencias. Ella apenas lo miró. Cuando se marchó, solitario en la noche que lo imbuía, sintió la desdicha de los años pesando sobre él. Se detuvo en un parque habitado apenas por sombras. Fue todo lo que vio: sombras. Y él era una más. (p. 57)  
            Sin embargo otra característica en el libro de Alzamora, es la ironía  y cierto humor negro que se ven plagados, con mayor y menor fortuna en sus relatos. Es así como encontramos: La confesión.  La ironía de reconocer su naturaleza en la necesidad del otro abandonado. Con un final, que a diferencia de los otros relatos cortos, logra ser certero y rescatar cierta sonrisa en la derrota.
            Otro relato que continúa con la misma valía es: Muerte de Jesucristo en  Los Barracones. En aquel relato, la narración cobra matices de un artículo periodístico, a la vieja usanza de la sección de policiales:
Alambres de púas en las muñecas, horribles contusiones, fuertes hematomas y un desgarro anal claro y visible, fueron evidencia más que suficiente para que la policía determine que el móvil del crimen aparentemente sea un ajuste de cuentas… Horas más tarde se supo la identidad de la victima. Se trata de Jesús de Nazareth, hijo de un carpintero y conocido profeta. (p. 49)
            Queda claro el sentido hacia donde se dirige el relato, aunque el final termina decayendo, al cobrar cierto aire de sentencia, al declarar el declive de la «no-razón» como lo diría Nietzsche  y el triunfo del «Superhombre»; aunque aquello también podría ser tomado como una crítica directa a los medios de comunicación y ese aire circense con la que suelen transmitir las noticias.
            En conclusión, Un perro yonqui y otras mentiras leves  es un libro, que pese a no convencer del todo, deja  buenos augurios para futuros trabajos de Armando; quizás  mucho más depurados, y en los cuales probablemente ya no tendremos la sensación de ambigüedad, sino por fin una certeza definitiva.  






0 comentarios: